Las fugas de León Trotsky: un exiliado camino a la revolución


En “La fuga de Siberia en un trineo de renos” Trotsky nos sumerge en un viaje alucinante por tierras remotas, diario de un escape que se torna trascendental, no sólo por la figura del cronista, sino también por el mundo que logra retratar. Es un hombre que en su huida debe dejarse llevar por lo que el camino le imponga, y que dueño de una pluma proverbial, nos brinda quizás una de las crónicas de viaje más intensas e interesantes de la literatura universal. Pero es Trotsky un revolucionario, y son entonces estas líneas algo más que hojas de un diario: es la descripción del tiempo histórico que le ha tocado vivir, donde la palabra revolución se hace presente en todas partes, y donde la solidaridad del Pueblo con los delegados del Soviet de San Petersburgo de 1905 que marchan al exilio es enorme. En este tiempo de derrota, no deja de asombrarnos cómo aparecen elementos de una sociedad que está a punto de implosionar, donde se vislumbra el terreno fértil para la revolución que triunfará en 1917.

Por Juan Manuel Ciucci

Un trineo impulsado por renos recorre la noche polar de Siberia. El bosque parece tan dispuesto a devorar esa embarcación fantasmal, como a ofrecerle reparo y sustento para la travesía. Los poblados van surcando su camino, y las historias que arrastran se quedan fijadas en el trineo, como instantáneas de un mundo que se va apagando, pero que está por estallar.
Hay un testigo que anota minuciosamente el recorrido inverosímil de esta travesía. Se trata de un fugado, que para escapar del exilio en estas tierras desoladas y heladas, arriesga su vida en este trance. A su lado, el conductor asume el peligro por una paga más en su vida de cochero, conocedor del camino como nadie, pero también con sed de aventuras y dispuesto a brindarse por una deuda moral y política para con este sujeto que escapa, uno más de los tantos perseguidos por el zarismo.


En “La fuga de Siberia en un trineo de renos” (Siglo XXI) León Trotsky nos sumerge en un viaje alucinante por tierras remotas, diario de un escape que se torna trascendental, no sólo por la figura del cronista, sino también por el mundo que logra retratar. Sensible y colérico con la humanidad que le rodea, dispuesto y exacerbado por las sorpresas que transita, temeroso y valiente ante el peligro, es un hombre que en su huida debe dejarse llevar por lo que el camino le imponga. Dueño de una pluma proverbial, como ya conocíamos en “Mis peripecias por España”, quizás sea ésta una de las crónicas de viaje más intensas e interesantes de la literatura universal.


Pero es Trotsky un revolucionario, y son entonces estas líneas algo más que hojas de un diario: es la descripción del tiempo histórico que le ha tocado vivir, donde la palabra revolución se hace presente en todas partes, y donde la solidaridad del Pueblo con los delegados del Soviet de San Petersburgo que marchan al exilio es enorme. En este tiempo de derrota, no deja de asombrarnos cómo aparecen elementos de una sociedad que está a punto de implosionar, donde se vislumbra el terreno fértil para la revolución que triunfará en 1917. El zarismo ha logrado sobrevivir a este intento de 1905, pero está herido de muerte. Mientras los trasladan en convoy bajo una acérrima custodia, Trotsky anota: “El niño cochero, de unos 13 años de edad -asegura que tiene 15- vocifera a lo largo de todo el camino: “¡Arriba el pueblo obrero! ¡Arriba los hambrientos! ¡A luchar!”. Los soldados, cuyo aspecto denota una inequívoca simpatía hacia el cantante, se burlan de él y amenazan con elevar quejas al oficial. Pero el muchacho es perfectamente consciente de que todos están de su lado y sin tapujos sigue, a voz en cuello, llamando a la lucha obrera…”.


Por doquier se dan este tipo de demostraciones, mientras van recorriendo el camino hacia el exilio siberiano. Campesinos les brindan comida, los exiliados que ya están allí localizados quieren acercarse a saludarles a pesar de las amenazas de la proverbial custodia que los vigila: “nos podemos sentir plenamente orgullosos: por lo visto, el Soviet, aunque muerto, les provoca miedo”, anota Trotsky. Cuando se escape en soledad, luego de pretextar una dolencia física, su derrotero por estas tierras inexpugnables sólo será posible gracias a la solidaridad de los pueblos zirianos, ostiacos, de otros exiliados rusos. Lo respetan, a él y a los miles de deportados, que han repoblado estas tierras. Le ofrecen al viajante un conocimiento cabal de esta enorme parte del territorio olvidado de ese imperio al que un día ayudará a revolucionar.


Pero también anota el exiliado las vivencias de estas zonas desoladas, donde el alcohol domina la escena, y le hace temer por su escapatoria ante un conductor que tan sólo en algunas ocasiones no se encuentra completamente alcoholizado. Retrata también la sorpresa que su presencia despierta, en pueblos que no conocen ninguna de las novedades del mundo que Trotsky ostenta: “mis utensilios de cocina, mis tijeras, las medias, la manta dentro del trineo: todo les provocaba un auténtico estupor”. Sectores de una civilización que aún se maneja con elementos de un pasado remoto, en donde las inclemencias del tiempo y el abandono gubernamental no hacen accesible los beneficios del tiempo presente. Registra además el enorme trabajo realizado por las mujeres, que son las que más se esfuerzan por sostener la vida en aquellos lares. Incluso tiene tiempo para declarar su admiración por los renos, seres capaces de recorrer esas zonas inhóspitas, y para la descripción de aquella naturaleza tan virgen como salvaje.


La lectura de “La fuga de Siberia en un trineo de renos” nos sumerge entonces en una experiencia tan abismal como fascinante, donde el derrotero de la vida del exiliado será la encargada de devolvernos a su dura realidad. Si nos dejamos llevar por sus palabras, estaremos entonces sentados junto a él en ese trineo infinito, en una noche estrellada y helada, con un rumbo planeado pero desconocido ante las inclemencias que nos rodean. Y quizás sea, también esto, un registro de politicidad en los textos de Trotsky, que nos permiten acompañar en cada lectura que retomamos a uno de los mayores perseguidos de la historia. Quizás por esto siga también siendo fundamental leerlo, pues nos permite conectar con aquel hombre que por sus acciones e ideas sufriera la cárcel, la persecución, el exilio, y terminara asesinado en tierras mexicanas. La vitalidad de su escritura, tanto en su fase teórica como en estas crónicas, nos lo representa con una vigencia asombrosa. Será quizás por eso que a poco más de 80 años de su asesinato, aún podemos con él subirnos a un trineo y viajar desde el exilio hacia una revolución que pudo cambiar la historia.

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