Nuestra América: una comunidad de destino emancipatoria y anticolonial

Un 28 de enero de 1853 nacía José Martí en La Habana. Poeta, periodista, educador popular y militante revolucionario, entre la infinidad de sus escritos se destaca Nuestra América, un material de enorme vigencia para estos tiempos, que en esta nota se revisita.

Por Hernán Ouviña

Ilustración de Raúl Martínez

El texto Nuestra América puede ser considerado, en tanto escrito disruptivo, la creación martiana como antonomasia. Aparecido en La Revista Ilustrada de Nueva York un 1 de enero de 1891, si bien no es en él donde Martí utiliza por primera vez la original expresión (la venía usando ya desde 1875, aunque es en su escrito “Madre América” de 1889, donde emerge con mayor consistencia), sin lugar a dudas este artículo resulta un parteaguas en su producción literaria y política. Podría decirse que su extensión, de apenas ocho páginas en los periódicos donde lo da a conocer, es inversamente proporcional a su densidad poético-militante y a su fuerza telúrica. Además del truncado proceso independentista que se vivió entre las últimas décadas de siglo XVIII y las dos primeras del siglo XIX, el trasfondo político inmediato que signa la escritura martiana es el Congreso impulsado por los Estados Unidos en Washington durante 1889 y 1890, bajo el nombre de Conferencia Internacional Americana, y del que saldrá la consigna del llamado “panamericanismo”. El 19 de diciembre de 1889, en medio del inicio de este ciclo de encuentros, la Sociedad Literario Hispanoamericana brindará una velada a los representantes de los países que se encontraban allí. Será precisamente en este marco donde Martí convide su discurso titulado “Madre América”, en el que -consciente de la ambición yanqui por anexionar a Cuba y ampliar su dominio imperial en el continente- advertirá que “por grande que esta tierra sea, y por ungida que esté para los hombres libres de América en que nació Lincoln, para nosotros, en el secreto de nuestro pecho, sin que nadie ose tachárnoslo ni nos lo pueda tener a mal, es más grande, porque es la nuestra y porque ha sido más infeliz, la América en que nació Juárez”.

Una de las cuestiones a destacar de este maravilloso escrito es su concepción del conocimiento desde nuestra realidad continental. Podemos rastrear en él una invariante insurgencia epistemológica, que busca confrontar con las formas predominantes de entender la construcción y socialización del saber (o mejor aún, de los saberes en plural). “Conocer es resolver”, arenga nuestro maestro en las páginas de este documento que, desde Walter Benjamin, bien cabría denominar de cultura (nuestroamericana) y barbarie (colonizadora) a la vez. El conocimiento, además de intencionalidad política, supone siempre una puesta en práctica; lo demás es “falsa erudición”. “La historia de América, de los Incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria”, agrega.

Sería erróneo interpretar este párrafo como un rechazo tajante de los conocimientos referidos a -o edificados en- Europa; y ni siquiera el priorizar a nuestras Grecias supone renegar de la riqueza filosófica y cultural de la de aquella otra isla del Mediterráneo tan emblemática para la (mal llamada) historia universal. No casualmente el propio Martí “traducirá” y sintetizará para las páginas de La Edad de Oro, a un lenguaje comprensible y ameno, la Iliada de Homero, para que les niñes y jóvenes de América puedan aprender lo que ocurrió allá lejos hace más de dos mil quinientos años. No obstante, varios años antes de publicar esta Revista inigualable, Martí se quejaba en una de sus tantas crónicas para La América, de la actitud colonial corta de miras hacia la historia de nuestras Grecias: “A Homero leemos: pues ¿fue más pintoresca, más ingenua, más heroica la formación de los pueblos griegos que la de nuestros pueblos americanos?”.

No se trata, por tanto, de tener que optar por una u otra historia, sino por resituar la de Europa en el marco de una más amplia y diversa, dentro de la cual la nuestra tiene un lugar fundamental. Ejercitar la memoria histórica resulta así para Martí una tarea educativa de primer orden, a los efectos de “provincializar” (es decir, des-universalizar) el derrotero de lo acontecido siglos atrás del otro lado del Atlántico, y en especial para plantear que está a la orden del día la originalidad del proyecto emancipatorio en esta otra América, diferente a la hispánica y a la yanqui. Por ello insistirá tiempo más tarde en su artículo dedicado a Bolívar: “¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma!”. Es que como supo lamentarse el cubano Juan Marinello, los “europeizantes y yanquizados” a los que repudiaba Martí, bebían en los libros “normas y previsiones que, por postizas y ajenas, inclinaban a la subestimación de las masas populares, singularmente de las indígenas y negras”. Para ellos, “la acción transformadora se fijaba en cubrir nuestras llanuras con ciudadanos de piel blanca, portadores, por ello, de los tesoros de la civilización y la cultura”.

De ahí que en Nuestra América esté presente una convicción adicional que es clave para problematizar la intrincada identidad del continente que habitamos: la de apostar a edificar un proyecto emancipatorio que tenga como piedra de toque una pedagogía del mestizaje y la plurinacionalidad, ya que a partir de la tragedia colonial “crisol comenzamos a ser”. “Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo vinimos, denodados, al mundo de las naciones”. Lo que Florestan Fernandes denominó, recuperando el ideario martiano, nuestra “autoctonía continental” es la marca de origen que nos caracteriza y diferencia de aquella Europa que tienen como espejo los “criollos exóticos” y los “letrados artificiales” que ostentan su “falsa erudición”. A contrapelo de estos imitadores seriales, Martí definirá a nuestra América como “la tierra de los rebeldes y los creadores”, por lo que subversión y originalidad emergerán como dos rasgos distintivos de los pueblos que constituyen a este pueblo-continente habitado por la raza latina; noción ésta que lejos de apelar a reminiscencias biologicistas, remite a una comunidad socio-cultural edificada desde “esa desdicha histórica” que fue la conquista, que “es a un tiempo reivindicación de identidad continental, voluntad de diferenciación y programa de acción”, al decir de Jean Lamore.

De acuerdo a Martí, serán las nuevas generaciones quienes impulsen y acometan este proyecto independentista: “Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear, es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!” (…) “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”, exclamará. El Apóstol supo anticiparse varias décadas a la denuncia del imperialismo norteamericano a escala global, ya que su discurso anti-colonial implicaba, en simultáneo, un rechazo visceral a la emergencia de los Estados Unidos como potencia expansionista en nuestra región.

En esta aspiración de una América plenamente emancipada, Martí nos propuso como faro estratégico un doble movimiento: “confianza y osadía”. Dos elementos subjetivos que, no obstante, anclaban en una certeza que tenía sólidas raíces en la realidad concreta que le tocó vivir, y que remitía a un continente en ebullición que pugnaba -y aún hoy lucha- por su integral liberación. El futuro, para él, debía ser conjugado siempre en tiempo presente. A la vuelta de la historia, el ideario pedagógico-político de Martí amplía nuestro horizonte de visibilidad de aquello por-venir, no como algo predestinado, sino en tanto potencialidad y apuesta utópica para el bien de todas y todos, prefiriendo en palabras de Cintio Vitier “la energía del devenir a las fijaciones estructurales”.

Frente a la constante fragmentación y la persistencia de fronteras que han obturado la posibilidad de concretar el sueño de una patria grande, debemos hacer de aquella osadía un modus vivendi como pueblos hermanos que aspiramos a la unidad, aunque sin renegar de nuestras valiosas diversidades y tradiciones históricas. Como es sabido, ese anhelo invariante tuvo a Simón Bolívar como a uno de sus mayores promotores. No casualmente, su figura fue una referencia constante para Martí, quien llegó a avizorar que el espectro del Libertador volvería a cabalgar con su espada en alto por las tierras de Nuestra América, para culminar el proyecto revolucionario que dejó inconcluso: “Ahí está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía”. La solución nuevamente está en crear. Tenemos que asumir a la osadía como un faro que nos incite no ya a pedir, y ni siquiera a exigir, sino lisa y llanamente a ensayar y ejercer aquellas prácticas y sueños que se nos presentan hoy como imposibles. Porque como suele cantar un poeta cubano, de lo posible ya se sabe demasiado.

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