Lidia ya había hecho que un integrante más se sume a la casa. Ella le ponía comida a un gatito marmolado que había aparecido en el terreno. Cruzaba de su casa al terreno y a la puerta de nuestra casa, porque yo también le había empezado a dejar comida y agua.
-Seguro que lo abandonaron, porque es mimoso. Yo no lo puedo agarrar porque se pelea con uno de los míos. ¿Vos no lo podes agarrar?- me había interpelado directo
-Y no sé cómo se va a llevar con mi perra y mi gato- le dije, y pensé.
A la semana intenté hacerlo entrar de una, desde la calle, a upa, hasta el fondo donde estaban la perra y el gato. Todo parecía ir bien hasta que el gato se dio cuenta e hizo un sonido que nunca en mi vida había oído. Se agigantó y el recién llegado huyó despavorido. Pero volvió.
Por atrás, desde la medianera que separa nuestra casa de otras casas y del terreno, se llegaba y estaba horas. Los locales lo miraban largas horas. Hasta que un día bajó. Y ella lo olió, y con él pelearon hasta que se acomodaron. Y no sabemos bien cómo se integró, aunque en las noches se va, siempre esperamos verle llegar.
El tema es que se apareció otro gato que Lidia también cree que lo abandonaron. Y también me preguntó si me lo podía quedar.
Lidia vive hace muchos años en esta cuadra. Le gusta hablar. Fue la primer persona que vimos al llegar y nos agradeció que la saludemos. Pregunta muchas veces lo mismo. Ama a los animales. Y la foto es de cuando antes de hablar la veía por la mirilla.
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